| Por El Obispo Oscar Cantú

La Iglesia, la Democracia y la Dignidad Humana

Estados Unidos a los 250 años

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,

Este julio, nuestra nación conmemora el 250 aniversario de la Declaración de Independencia, un hito que invita a la celebración, la reflexión y la renovación. Desde sus inicios, nuestro país se fundamentó en una firme afirmación moral: que todas las personas son creadas iguales y dotadas de dignidad inherente. Nuestra historia revela tanto logros nobles (como proporcionar un contexto social y económico en el que prácticamente cualquier persona con una idea y esfuerzo puede alcanzar el éxito económico y social) como dolorosos fracasos (como el flagelo de la esclavitud y el racismo de Jim Crow). Como estadounidenses, y en particular como católicos, debemos evaluarnos honestamente a la luz de esa convicción fundacional de la dignidad humana inherente y reafirmar nuestro compromiso con ella.

La dignidad humana sigue siendo la piedra angular de una sociedad justa y de la doctrina social católica. La dignidad no se gana con el trabajo duro, la ciudadanía o la posición social. Pertenece a todo ser humano porque fuimos creados a imagen de Dios: “Dios creó al hombre a su imagen,” (Gn 1,27), y esto nos incluye a todos, sin excepción. Cuando las políticas y prácticas públicas pierden de vista esta verdad, la libertad puede erosionarse hasta convertirse en algo reservado solo para unos pocos. Pierde su fundamento moral.

Por lo tanto, la salud moral de nuestra nación exige que las políticas e instituciones protejan la vida y promuevan los derechos humanos. La Iglesia aboga públicamente por la protección de la vida y la dignidad humana desde la concepción hasta la muerte natural. El Cardenal Joseph Ratzinger, posteriormente Papa Benedicto XVI, afirma: “La sociedad nunca está terminada, sino que debe reconstruirse una y otra vez, partiendo de la conciencia, que es la única vía para garantizar su seguridad.” Nuestras conciencias requieren una sólida formación moral, en la que aprendamos a usar nuestra libertad no solo para nuestro propio beneficio, sino para el bien común (Iglesia, Ecumenismo y Política, p. 205).

La solidaridad y el bien común están estrechamente conectados a la dignidad humana. El bien común, entendido como las condiciones sociales que permiten a las personas y a las comunidades alcanzar su plena realización, nos invita a mirar más allá de nuestros propios intereses y a preguntarnos: ¿Cómo benefician nuestras decisiones —económicas, políticas y culturales— a todos? En particular, ¿cómo benefician a los pobres, a los marginados y a las generaciones futuras? El Papa Francisco afirmó que “el derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que ‘quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos’” (Fratelli Tutti, n.º 122).

Como Iglesia, tenemos un papel fundamental en el ámbito público, no como partidarios políticos, sino como testigos morales. No apoyamos a candidatos ni partidos políticos. Lo que ofrecemos es una visión arraigada en el Evangelio: que toda persona tiene igual dignidad, que la libertad debe estar al servicio de la justicia y que somos responsables los unos de los otros, especialmente de los más vulnerables.

Me conmovieron las palabras que nuestro Santo Padre, el Papa León XIV, ofreció el pasado mes de abril. Escribió que “la democracia solo se mantiene sana cuando está arraigada en la ley moral y en una verdadera visión de la persona humana. A falta de este fundamento, corre el riesgo de convertirse en una tiranía mayoritaria o en una máscara para el dominio de las élites económicas y tecnológicas.” Además, León señala que las virtudes morales de los individuos son indispensables para la construcción de una sociedad justa. Él dice,

“En particular, sabemos que la justicia y la fortaleza son indispensables para tomar decisiones ponderadas y ponerlas en práctica. También la templanza resulta esencial para el uso legítimo de la autoridad, ya que la verdadera templanza frena la exaltación excesiva de uno mismo y actúa como barrera contra el abuso de poder. (Mensaje en la Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, 14-16 de abril de 2026; énfasis es mío).

Al conmemorar este aniversario, los animo a que, como católicos, nos hagamos una pregunta sencilla pero importante: ¿Qué puedo hacer como persona de fe para ayudar a sanar las heridas de nuestra sociedad: la polarización, la violencia política, la sensación de que estamos más divididos que unidos?

Que este hito sea un jubileo de conciencia, un momento para renovar nuestro compromiso con la dignidad humana, para superar las divisiones que nos separan y para buscar el bien común con auténtica esperanza. Al hacerlo, ayudamos a nuestra amada patria a avanzar hacia sus más altos ideales. Con este fin, los obispos católicos de los Estados Unidos consagrarán el país al Sagrado Corazón de Jesús en nuestra reunión bienal del 11 de junio de 2026, pocas semanas antes del Día de la Independencia. Oremos y trabajemos juntos por “una unión más perfecta.”

+Oscar Cantu