| Por El Obispo Oscar Cantú

Retomando la Encíclica del Papa Francisco Fratelli Tutti

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo:

De vez en cuando lamento que el tiempo pase tan rápido, porque eso hace que algunos acontecimientos, momentos o personas no lleguen a dejar en mí la huella que merecen, ni les dedique el tiempo y la atención necesarios para apreciarlos debidamente. Algo así me sucedió con la publicación de Fratelli Tutti (“Hermanos Todos”), del Papa Francisco. La encíclica se publicó en 2020, cuando estábamos viviendo el momento más intenso de la pandemia mundial y todavía no contábamos con una vacuna. Lo que pensábamos que duraría apenas unas semanas ya se había prolongado durante varios meses. Se acercaba el invierno y, por ello, esperábamos que aumentaran los contagios de Covid-19. Además, se acercaban las elecciones nacionales. Todos estábamos muy ocupados y preocupados por lo que estaba sucediendo, y muchos de nosotros no prestamos suficiente atención a la publicación de Fratelli Tutti.

La carta encíclica del Papa Francisco sobre la fraternidad y la amistad social es una verdadera joya, y su mensaje es hoy más relevante que nunca. Creo que volver a ella puede ayudarnos a alimentar nuestras conciencias, sobre todo ahora que estamos cada vez más cansados de las guerras, de la polarización social y de los obstáculos que parecen impedir nuestros esfuerzos por dialogar. En Fratelli Tutti, Francisco nos invitó a construir una política de un tipo diferente, una política mejor, en la que la dignidad de cada persona y el bien común estén en el centro.

El Papa Francisco nos recordó que la humanidad es también una familia humana, que nos necesitamos unos a otros, que dependemos unos de otros y que debemos cuidarnos mutuamente. Como pastor universal, nos recordó la parábola de Jesús sobre el Buen Samaritano, en la que el héroe inesperado termina siendo un enemigo declarado. Esto nos lleva a cuestionar y replantear nuestras propias alianzas. Nos ayudó a imaginar - y a desear - sociedades sanas, construidas sobre relaciones de respeto mutuo y preocupación por el bien común. Nos enseñó que el diálogo auténtico es necesario tanto para el pleno desarrollo de cada persona como para el desarrollo de nuestras sociedades.

El Papa Francisco lamentó que, en un mundo que avanza a un ritmo cada vez más acelerado y que está tan enfocado en el desarrollo y las ganancias, hayamos creado sin darnos cuenta una cultura del descarte, que deja de lado a los pobres, a los adultos mayores, a los migrantes, a los niños por nacer y a otras personas vulnerables. Son precisamente ellos con quienes Jesús se identificó (cf. Mt 25), y por quienes nos pide tener un cuidado y una atención especiales.

En los primeros párrafos, el Papa Francisco señala, “En el mundo actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras épocas. Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada” (FT 30). El llamado del Papa Francisco a hacer un examen de conciencia a nivel mundial sigue siendo muy oportuno. ¿Nos hemos vuelto indiferentes ante el sufrimiento de quienes viven en las periferias? La reflexión del Santo Padre sobre la parábola del Buen Samaritano nos recuerda también que tenemos el deber moral de cuidarnos unos a otros, especialmente a quienes se encuentran en los márgenes de la sociedad. Este llamado nos invita a preguntarnos si hay alguna manera en que podamos involucrarnos en la labor de organizaciones sociales, como Catholic Charities, a nivel local o nacional, o Catholic Relief Services, a nivel internacional, para acercarnos a quienes sufren con compasión y humanidad.

Con el lenguaje colorido que lo caracterizaba, el Papa Francisco señaló cierto autoengaño que se ha ido produciendo en esta era digital. Observó que “nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad” (FT 33). Con frecuencia damos mayor importancia a lo cuantitativo que a lo cualitativo en nuestras relaciones, especialmente durante las últimas décadas. La vida humana no puede vivirse de manera superficial; la realización plena de la persona requiere de la amistad- una amistad verdadera, cercana y humana, que sabe escuchar, que se preocupa por el otro y que dedica tiempo, sin apresurarse para atender otros asuntos que considera más importantes.

This invites us to ask, “Do we make time for friendship, for listening, for caring, particularly for the outcast?” Related to this matter, Pope Francis treats the topic of kindness, not a Pollyannish type of kindness–but one that is a fruit of the Holy Spirit (Gal 5:22) and brings not only a human touch to our experiences, but a divine touch. He says that “kindness frees us from the cruelty that at times infects human relationships” (FT 224).

Dialogue was a trait that, in many ways, defined Pope Francis: he practiced it and encouraged the world to do so. He noted that “some people attempt to flee from reality, taking refuge in their own little world; others react to it with destructive violence. Yet ‘between selfish indifference and violent protest there is always another possible option: that of dialogue’” (FT 199). Contrary to what we often witness in today’s public discourse, which many times devolves into a “feverish exchange of opinions” that merely end up resonating as “parallel monologues” (FT 200), true dialogue includes a “generous encounter with others, …honest pursuit of the whole truth, …service, …closeness to the underprivileged and the promotion of the common good” (FT 205).

While there are many other themes to be explored in this rich document, I conclude with Francis’ treatment of solidarity and service. “Solidarity,” he says, “finds its concrete expression in service” (FT 115). Solidarity begins when we allow ourselves to feel a oneness with suffering humanity. This desire for solidarity must lead to action. It is service that changes the world. Love changes the world, bringing a divine purpose to humanity. Do we use our gifts of time and talents to make the world a better place? Do we help in some way to alleviate someone else’s suffering through our time and efforts? Francis reminds us, “Service is never ideological, for we do not serve ideas, we serve people” (FT 115).

As we enter the holiday season, let us ponder some of the values that Pope Francis placed before us in Fratelli Tutti, so that we may become true neighbors to one another – indeed, true brothers and sisters of the one human family created by God.

Bishop Oscar Cantú