Un Hermoso Camino: Discurso de Graduación de ILM de Tracey Colella
Gracias, Obispos Oscar y Andy; queridos invitados pastorales, maestros, líderes laicos, Directora Irma y personal del ILM, amigos y familiars- especialmente a quienes viajaron para estar aquí con nosotros esta noche. Su apoyo durante estos últimos tres años nos ha permitido crecer y formarnos como las personas que Dios nos ha llamado a ser.
Gracias, Obispos Oscar y Andy; queridos invitados pastorales, maestros, líderes laicos, Directora Irma y personal del ILM, amigos y familiars- especialmente a quienes viajaron para estar aquí con nosotros esta noche. Su apoyo durante estos últimos tres años nos ha permitido crecer y formarnos como las personas que Dios nos ha llamado a ser.
El ILM es un hermoso camino. Nos ofrece una formación que da fruto al llevar a sus estudiantes a una intimidad cada vez más profunda con nuestro amado Jesús. Pero también es mucho más que eso. Es la comunidad que hemos construido; son los sacerdotes y hermanos católicos que hemos conocido a lo largo y ancho de nuestra Diócesis y, sobre todo, son las amistades que hemos formado. Nos hemos apoyado mutuamente en momentos de pérdida, enfermedad, matrimonios y la llegada de nuestros nietos. Nuestro amor unos por otros no ha hecho más que crecer, y rezo para que esto continúe mucho después de que termine nuestro tiempo en el ILM.
La graduación de hoy marca el comienzo de nuestra formación. A medida que continuamos aprendiendo a apoyarnos cada vez más en nuestra fe, le pedimos a Dios que siga purificándonos, tal como lo expresa el Apóstol Pedro en su carta: “Para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo” (NBLA, 1 Pe 1,7).
Al contemplar a los miembros de esta generación, me llena de esperanza el crecimiento espiritual que he podido presenciar. En la Carta a los Efesios (4, 11-12) está escrito: “Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” Ruego que cada uno de nosotros acoja con gratitud el papel que Dios nos ha confiado, reconociéndolo como un don que hemos recibido por su gracia.
Porque sabemos que los dones que Dios nos ha dado no son para nosotros mismos, sino para las comunidades a las que servimos. Y aquello que Él nos pide no es para nuestra propia gloria, sino para la Suya. Con madurez en nuestra fe y con determinación, avanzamos con propósito y con intención.
Como líderes, hemos aprendido que nos corresponde responder al llamado a la oración, por sencilla que pueda parecer la tarea que tengamos delante. Mantener la honestidad y la integridad, sabiendo que somos las manos y los pies de Dios en la tierra. Caminar junto a nuestros futuros líderes, confiándoles responsabilidades y ayudándolos a alcanzar su máximo potencial; no dándoles órdenes, sino trabajando hombro a hombro con ellos. Este es el modelo que Cristo nos dejó, al actuar como el mayor servidor de todos. Al seguir adelante, que podamos llevar ese mismo espíritu para contribuir al continuo crecimiento y florecimiento del Reino de Dios.
Uno de nuestros profesores, el Padre Okafor, nos explicó que: “Tu vida, tus acciones y tus obras servirán como el Evangelio en la vida de otra persona.” Es una afirmación profunda que conlleva una gran responsabilidad. Al abrazar nuestros llamados personales, se nos pide ser ejemplos vivos de lo que Jesús nos enseñó, cada uno a su manera, de acuerdo con las experiencias y lecciones de vida que nos han formado. Porque sabemos que Dios puede valerse de aquello que nosotros consideramos nuestras mayores debilidades para manifestar Su mayor gloria.
Debemos tomar muy en serio el llamado a sanar a los enfermos, alimentar a los pobres, vestir a quienes no tienen un hogar y visitar a los presos. Estos son precisamente los pilares de la enseñanza de Jesús de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y nos muestran cómo estamos llamados a vivir nuestra fe católica de manera concreta. Atendamos el llamado de nuestro querido y recordado Papa Francisco a erradicar “la globalización de la indiferencia,” sirviendo a aquellos a quienes hemos sido enviados.
Para concluir, ha sido un gran honor para mí dirigirme a ustedes esta noche en nombre de la generación 2026, al conmemorar este hermoso camino que hemos recorrido juntos. Que nuestros ojos estén siempre abiertos, libres de la indiferencia, para reconocer verdaderamente el rostro de Jesús en cada uno de nuestros hermanos y hermanas. Que nuestras acciones reflejen siempre la luz de Jesús sobre cada persona que encontremos. Que nuestros oídos permanezcan siempre atentos y reverentes para escuchar la voz de Dios. Y que nuestros corazones estén siempre abiertos al llamado de nuestro Señor y Salvador. ¡Muchas gracias y nuevamente, felicidades a todos!
