Homilía del Obispo Auxiliar Andy en la Convocatoria Anual de Escuelas Católicas
Fiesta de San Lorenzo, Diácono y Mártir, lunes 10 de agosto de 2026
Archbishop Mitty High School, Diócesis de San José
Fiesta de San Lorenzo, Diácono y Mártir, lunes 10 de agosto de 2026
Archbishop Mitty High School, Diócesis de San José
Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo: Es para mí una gran alegría celebrar con todos ustedes esta Santa Eucaristía, al reunirnos con motivo de la Convocatoria Anual de las Escuelas Católicas, con la que damos inicio a un nuevo año escolar en la Diócesis de San José.
Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo: Es para mí una gran alegría celebrar con todos ustedes esta Santa Eucaristía, al reunirnos con motivo de la Convocatoria Anual de las Escuelas Católicas, con la que damos inicio a un nuevo año escolar en la Diócesis de San José.
Esta ocasión es especialmente significativa para mí, ya que es la primera vez que celebro esta Convocatoria como Obispo Auxiliar de nuestra Diócesis. Aunque el Obispo Oscar Cantú no puede acompañarnos hoy debido a un compromiso inesperado, me ha pedido que les transmita su afectuoso saludo, su gratitud por cada uno de ustedes, así como sus oraciones y bendiciones al comenzar un nuevo año dedicado a la formación de los jóvenes que han sido confiados a su cuidado.
También quisiera expresar mi más sincero agradecimiento a Pam Lyons, nuestra Superintendente, y a todo el personal de nuestro Departamento de Escuelas Católicas, por su incansable dedicación a la educación católica. Asimismo, agradezco a Latanya Hilton, Kate Caputo y al P. Neil Francis Kalaw, así como a los docentes y al personal de Archbishop Mitty High School, por recibirnos y ser anfitriones de la Convocatoria de este año.
Hoy la Iglesia celebra la fiesta de San Lorenzo, uno de los mártires más queridos de la Iglesia primitiva.
Cuando las autoridades romanas exigieron a San Lorenzo que entregara los tesoros de la Iglesia, él reunió a los pobres, los enfermos, las viudas y los huérfanos, y los presentó ante el emperador diciendo, “Estos son los tesoros de la Iglesia.”
Por este valiente testimonio de fe, Lorenzo fue condenado a morir quemado vivo sobre una parrilla. Incluso en medio de un sufrimiento inimaginable, conservó su espíritu alegre y, con sentido del humor, les dijo a sus verdugos: “Denme la vuelta; de este lado ya estoy cocido.”
Esta historia no se trata solamente de valentía. Se trata de alegría. Se trata de convicción. Se trata de saber qué es lo que verdaderamente importa.
El Evangelio de hoy nos recuerda esa misma verdad. Jesús nos dice: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.”
Todo educador católico está llamado a convertirse en ese grano de trigo. Cada lección preparada hasta altas horas de la noche… Cada estudiante que atraviesa dificultades y recibe de ustedes una palabra de ánimo con paciencia… Cada conversación difícil con los padres de familia… Cada acto de bondad que nadie nota… Cada oración ofrecida por sus alumnos… Todo esto puede parecer como pequeñas muertes. Sin embargo, son precisamente estas las semillas que Dios transforma en una cosecha abundante.
San Pablo nos dice en la primera lectura de hoy: “El que siembra generosamente, generosamente también cosechará.” Esa es la misión de la educación católica. Somos Sembradores.
Es posible que no veamos de inmediato los frutos de nuestro trabajo. A veces nos preguntamos si nuestros esfuerzos realmente hacen alguna diferencia en un mundo que parece cada vez más indiferente a la fe. Sin embargo, toda semilla sembrada con amor, a su debido tiempo, dará fruto según el tiempo de Dios.
Hoy, nuestras escuelas católicas enfrentan enormes desafíos. La disminución en las matrículas. Las realidades financieras. La competencia de las escuelas autónomas (charter schools), las escuelas privadas y la educación en línea, así como las cambiantes prioridades de las familias.
Estas realidades son reales. Pero quizás también nos invitan a hacernos una pregunta más profunda: ¿Qué es exactamente lo que estamos ofreciendo?
Si nuestra respuesta es simplemente la excelencia académica, siempre tendremos competidores. Si nuestra respuesta es una mejor tecnología, mejores instalaciones o puntajes más altos en los exámenes, eventualmente habrá quienes puedan superarnos.
Pero si nuestra respuesta es la formación integral de la persona humana - mente, corazón, cuerpo y alma- entonces nadie puede reemplazar lo que ofrece la educación católica.
En nuestras aulas enseñamos matemáticas, ciencias, literatura, historia y tecnología. Pero también enseñamos compasión, integridad, perdón, oración, servicio, respeto por la dignidad de toda vida humana y esperanza.
Estas realidades no pueden medirse mediante pruebas estandarizadas; sin embargo, son las que forman el tipo de hombres y mujeres que nuestro mundo necesita con tanta urgencia.
El mayor éxito de una escuela católica no consiste simplemente en que un estudiante sea admitido en Stanford, Berkeley o en otra universidad de gran prestigio.
Nuestro mayor éxito es cuando nuestros egresados se convierten en esposos y esposas santos, sacerdotes y religiosas fieles, padres y madres generosos, líderes empresariales íntegros, médicos compasivos, servidores públicos honestos, maestros dedicados y discípulos de Jesucristo, allí donde Dios los llame a servir.
Queridos directores, maestros, párrocos, capellanes y miembros del personal de nuestras escuelas: nunca subestimen la grandeza de su vocación. Ustedes no se limitan a preparar a los estudiantes para la escuela secundaria y la universidad. Los están preparando para la eternidad. No solo están formando el futuro de la Iglesia; están formando la Iglesia de hoy.
Nuestros jóvenes no son simplemente los católicos del mañana. Ya son miembros activos del Cuerpo de Cristo. Evangelizan a sus compañeros de clase, inspiran a sus familias, sirven a sus comunidades y nos recuerdan a todos la belleza de una fe joven.
Mientras continuamos con nuestro Proceso de Visión de las Escuelas y nos preparamos para la Asamblea del Departamento de Escuelas Católicas, que tendrá lugar el 31 de octubre, atrevámonos a soñar en grande.
No nos preguntemos solamente: “¿Cómo pueden nuestras escuelas sobrevivir?” Preguntémonos más bien: “¿Cómo pueden nuestras escuelas ser discípulos misioneros de Jesucristo aún más fieles?” “¿Cómo puede cada egresado convertirse en un testigo alegre del Evangelio?” “¿Cómo pueden nuestras escuelas acoger y vivir más profundamente el Plan Pastoral de nuestra Diócesis?”
La respuesta comienza no con estrategias, sino con la santidad. San Lorenzo nos enseña que los discípulos alegres pueden transformar el mundo. Nuestros estudiantes merecen directores alegres. Merecen maestros alegres. Merecen comunidades católicas alegres, donde la fe se viva con convicción y entusiasmo. La alegría se contagia.
Los estudiantes reconocen rápidamente si enseñamos a Cristo simplemente como una materia más o si verdaderamente lo conocemos como nuestro Salvador. Que cada aula se convierta en un lugar donde los jóvenes encuentren no solo conocimiento, sino al mismo Jesús mismo.
Al comenzar este nuevo año escolar, encomendemos al Señor nuestras escuelas, nuestros estudiantes, nuestras familias y a cada uno de nosotros. Que San Lorenzo interceda por nosotros, para que nunca olvidemos que los mayores tesoros de la Iglesia no son nuestros edificios ni nuestros programas, sino las personas que Dios nos ha confiado.
Que sembremos generosamente. Que sirvamos con alegría. Que enseñemos con fidelidad. Y que Cristo, el Maestro Divino, bendiga a cada escuela católica de la Diócesis de San José con un año lleno de sabiduría, valentía, esperanza y abundantes gracias. Amén.
