| Por Alison Raleigh

Una Voz Antes del Amanecer

Mi despertar a Dios fue un milagro, una gracia asombrosa que transformó mi vida y me acercó a la Iglesia Católica.

Casi por casualidad, asistí a un retiro de silencio en el Centro de Retiros Jesuita en Los Altos, esperando un fin de semana tranquilo de descanso. No era Cristiana; no era Religiosa; solo quería un par de días de reposo. Dios me concedió una noche de sueño antes de ponerme del revés.

Antes del amanecer del día en que comenzó el retiro, un solo pájaro lanzó un lamento desde la oscuridad, fuera de mi ventana. Aquella pequeña voz parecía expresar todo el sufrimiento de este mundo. Sentí que el corazón se me partía en dos. Pensé en los dieciocho años de sufrimiento de mi hermana menor; en cómo nada de lo que hice pudo aliviar su dolor ni evitar su muerte. Comprendí que yo era exactamente igual a ella, igual a todo ser humano.

Todos sufrimos; todos morimos. Una impotencia total me invadió y, finalmente, tras toda una vida de orgullosa autosuficiencia, sometí mi voluntad a la de Dios. Lloré por Jesús, colgado en agonía en Su terrible cruz. Leí en voz alta la oración del Suscipe de San Ignacio.

Pensé: “Sí, Dios, sí: te lo entrego todo. Pero está mal pedirte cualquier cosa.” Inmediatamente, sentí una calidez en el pecho, como el calor de un fuego. Cerré los ojos y mis lágrimas cesaron. Sentí cómo las mitades de mi corazón se fundían con el corazón de Cristo, formando uno solo ardiente. Sentí que el amor de Dios me envolvía, como si todo mi ser fuera alzado en Sus brazos.

Supe, desde el momento en que Dios me despertó, en aquella repentina y abrumadora experiencia de conversión, que mi lugar estaba en Su una, santa, católica y apostólica Iglesia. Jamás he tenido un solo momento de duda. Al principio me decepcionó que tardara tanto tiempo en recibir los Sacramentos de Iniciación; sin embargo, la espera me enseñó paciencia, obediencia, diligencia y humildad.

Al mirar atrás en mi recorrido a través del OICA u Orden de Iniciación Cristiana de Adultos, lo que más me sorprendió y conmovió fue cuán grande es el regalo que la Iglesia hace a sus nuevos miembros: tantas personas que ofrecen voluntariamente su tiempo para brindar apoyo y sus oraciones; todos los ritos especiales que conducen a los Sacramentos de Iniciación; el cuidado que el clero brinda a los catecúmenos y a los elegidos; el acompañamiento de los padrinos y madrinas; y mucho más.

El OICA me integró en la vida cotidiana de mi parroquia y me enseñó lo que significa ser Católico. El OICA no es solo un programa de catecismo católico, una serie de ritos litúrgicos y una celebración de los sacramentos; es un generoso don de acompañamiento, apoyo y comunión espiritual, ofrecido por nuestros hermanos y hermanas en Cristo. Fui verdaderamente bendecida al recibir ese precioso regalo.

Mi inmensurable alegría durante la Vigilia Pascual de 2025, momento en el que fui bautizada, confirmada y recibí la Primera Comunión, perdura hasta el día de hoy. Aquella noche de iniciación fue la más importante de mi vida; me sentí colmada de un espíritu exultante, un corazón agradecido y una poderosa sensación de ser conducida, a través de ritos sagrados, hacia una vida nueva. Experimenté emoción, gratitud, amor y asombro. Sentí que toda mi vida me había estado preparando para esos ritos, para mi renacer en Cristo.

Espero y rezo para que este testimonio anime a cualquiera que esté considerando ingresar en esta hermosa Iglesia Católica. Como dice un querido amigo católico: “¡Aquí te queremos!” ¡Gracias a Dios!


Alison Raleigh asiste a la Misa matutina en la Iglesia de San Nicolás, en Los Altos; disfruta de ser voluntaria en su parroquia, de apoyar a las Clarisas Coletinas, de realizar retiros en El Retiro, y de reunirse semanalmente con su grupo de lectura espiritual. También disfruta de la jardinería, de pasar tiempo con amigos y familiares, y de mimar a su coneja doméstica, Lulu, que se mueve libremente por la casa.

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