| Por Marissa Nichols

Tocando las Llagas de Cristo

Descubriendo Esperanza Para el Mundo: Hermana Ana María Pineda 

En el Distrito de la Misión de San Francisco, antes de un devastador incendio en 1997, los feligreses - predominantemente latinos- de la Iglesia de San Pedro se detenían ante un gran crucifijo que colgaba en su vestíbulo. Allí besaban los pies llagados de Cristo, de tal modo que, con el paso del tiempo, el esmalte negro del clavo se desgastó, revelando el metal dorado que había debajo.

Para la Hermana Ana María Pineda, este vívido recuerdo de un sencillo acto de reverencia que presenció en su infancia, le grabó en el alma una comprensión de quién es Jesús y de su propia vocación. Entendió que su papel, y el de todo Cristiano, consiste en “besar los pies de un mundo herido, e intentar consolar y transformar ese sufrimiento en la alegría resucitada que Jesús nos ofrece.”

Un Corazón Para Los Demás Desde el Principio

La Hermana Ana María inició su vocación con las Hermanas de la Misericordia como maestra, etapa en la que descubrió cuánto podía aprender simplemente sentándose en el comedor de las familias de sus alumnos, escuchando mientras los padres relataban, a menudo, sus dificultades y sus sueños.

Reflexionó, “Creo que los recuerdos de cómo aquellos padres humildes compartían sus sufrimientos conmigo en sus propios hogares, de algún modo, siguen atrayéndome hacia la figura crucificada de Jesús en el vestíbulo de la Iglesia de San Pedro.” Trabajar con familias desde el principio le enseñó el valor de tener un corazón para los demás, al igual que Cristo, quien “vive en nuestros hogares y vecindarios, y sufre con nosotros.”

Hija de Inmigrantes

Nacida en El Salvador, Ana María llegó a los Estados Unidos cuando tenía dos años. Su familia se estableció en el Distrito de la Misión de San Francisco, el cual, recordó la Hermana Ana, “era como una pequeña réplica de lo que mis padres habían dejado atrás en El Salvador.”

Ella recordó, “Las devociones que se celebraban en San Pedro atraían y se extendían al vecindario y a la población Latinoamericana. Era como el corazón de esa comunidad. Y todo aquello me nutrió.” En su hogar se hablaba español, aunque admite, entre risas, que nunca lo habla a la perfección. Para ella, la bendición de ser bilingüe “abrió un mundo que, de otro modo, nunca habría comprendido ni valorado.”

Sin embargo, no fue hasta que regresó a El Salvador, a sus quince años, cuando sintió con toda su fuerza lo que significaba pertenecer a sus raíces culturales. Relató cómo, mientras sus familiares salvadoreños recorrían en automóvil el bulevar central de la capital del país, San Salvador, al atardecer, ella lloraba abiertamente. Describió sus sentimientos en aquel momento: “Era como si me estuvieran dando la bienvenida de regreso al útero del país. Lloré y lloré.”

Hija de los Encuentros: Construyendo el Ministerio Hispano/Latino

Desde muy temprano, la Hermana Ana María comprendió que su vocación consistía en dedicarse plenamente al servicio de la comunidad Latina. Se sintió profundamente conmovida por los documentos y las reformas del Concilio Vaticano II, por los encuentros de los obispos Latinoamericanos en Medellín y Puebla [véase la barra lateral], y por su participación en movimientos como el Movimiento Familiar Cristiano, un movimiento nacional de laicos Católicos dedicado a apoyar a las familias.

Esta labor de base contribuyó directamente a los Encuentros, las históricas asambleas de Católicos Hispanos que moldearon el ministerio Latino en los Estados Unidos. La Hermana Ana María estuvo presente en el Segundo Encuentro en 1977, donde ayudó a recopilar las reflexiones de los grupos parroquiales y las envió a Washington, D.C., a la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB por sus siglas en inglés).

“Tuve la gran bendición - junto con algunos de mis maravillosos amigos y colegas - de haber formado parte de los inicios de la atención de la Iglesia Católica hacia los Católicos Hispanos en los Estados Unidos, un proceso que se remonta aproximadamente al año 1972.” Posteriormente, participaría en el tercer, cuarto y quinto Encuentro, ayudando a la Iglesia a aprender con rapidez y flexibilidad cómo acompañar a la población Católica de más rápido crecimiento en la nación. Desde entonces, su participación comunitaria y su experiencia han contribuido a dar forma a la labor pastoral nacional dirigida a los Católicos Hispanos.

Un Momento Sumamente Emocionante en la Nueva Diócesis de San José

Cuando se fundó la Diócesis de San José en 1981, la Hermana Ana María fue invitada por el Obispo Pierre DuMaine para ayudar a sentar sus cimientos. Ella, la Hermana Gloria Loya y un equipo dedicado establecieron el Centro Pastoral en la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe en San José, un centro para el ministerio Hispano. La Hermana Gloria y la Hermana Ana María fueron las codirectoras de la oficina.

“Éramos responsables de tratar de nutrir, fomentar y alentar el ministerio Hispano en la nueva diócesis, fue una época emocionante, pues estábamos comenzando algo nuevo.” Ella y la Hermana Gloria visitaron a los párrocos responsables de parroquias con grandes poblaciones Latinas o Hispanas. “Escuchamos sus necesidades para saber cómo podíamos ayudarlos.”

Empezaron programas educativos para líderes laicos, precursores del actual Instituto de Liderazgo Ministerial. Muchos de aquellos primeros participantes le cuentan a la Hermana Ana María que sus certificados todavía cuelgan en sus paredes, décadas después. Al mirar atrás, ella ve esos primeros esfuerzos como precursores del actual llamado de la Iglesia a la sinodalidad: escuchar primero y, luego, responder juntos.

Vínculos Familiares con un Mártir

La familia de la Hermana Ana María guarda una conexión con el capítulo más turbulento de El Salvador, al ser ella sobrina del Padre Rutilio Grande, el sacerdote Jesuita asesinado en 1977 por su firme defensa de los pobres. Su martirio influyó profundamente al Arzobispo Óscar Romero.

Durante el tiempo que dedicó a investigar la vida del Padre Grande, la Hermana Ana María tuvo la oportunidad de conocer al propio Santo Arzobispo Óscar Romero. Su libro, Romero y Grande, Compañeros de Camino (2016), es el fruto de su investigación. Ella continúa participando activamente en organizaciones que abogan por las personas que se encuentran al margen de la sociedad en El Salvador.

El Reconocimiento Personal, el Cristo Sufriente y el Mundo

Este año, comienza su 280 año como profesora asociada de Teología en la Universidad de Santa Clara. Aunque el impacto de su ministerio es de gran alcance, ella insiste en que todo remite a un mismo centro: el Cristo crucificado de la parroquia de su infancia. “Esa figura dejó de ser una mera devoción personal,” explica. “Se convirtió en un lente a través de la cual veía las luchas de los pobres, los clamores de los migrantes, las injusticias en mi tierra natal y más allá.”

“Pero la otra faceta de esto es que no se trata únicamente de la figura crucificada, sino también del Jesús resucitado; pues he tenido la oportunidad de compartir la alegría de los logros de las personas y de aquello que han superado gracias a su arduo trabajo.” Su propio reconocimiento reciente [véase la barra lateral 2], insiste ella, tiene menos que ver con sus logros personales que con las personas y las experiencias que la moldearon. “Nada de lo que logramos lo hacemos por nuestra cuenta: es un esfuerzo colectivo.”

Ella continuó, “Y creo que esto también apunta al profundo sentido de comunidad que, como Latinos, forma parte de lo que somos. Hacemos las cosas en familia.” Ella atribuye este espíritu de gratitud a sus padres, quienes ejemplificaron una vida de agradecimiento. “Mi padre y mi madre siempre estuvieron agradecidos con Dios,” recordó. “Me enseñaron que, incluso en medio de las dificultades, la gratitud abre el camino a la gracia.”

Al mirar atrás, la Hermana ve su vida como un regalo, marcada por la abundancia de Dios; tal vez sea el oro que yace bajo las partes difíciles de su travesía, como el oro que se ocultaba bajo el esmalte del clavo de Cristo crucificado. “Mi camino comenzó al pie de un crucifijo en una pequeña parroquia de San Francisco,” reflexionó. “Continúa en aulas, conferencias y hogares, dondequiera que escucho y camino junto a otros. Creció hasta abarcar las necesidades más profundas de un mundo sufriente que me llamó a besar los pies heridos de Jesús crucificado, y ahora incluye las necesidades de la comunidad global.”


 

Los encuentros de los obispos Latinoamericanos en Medellín y Puebla

La Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968) y de Puebla (1979) fueron conferencias significativas de la Iglesia Latinoamericana que aplicaron las enseñanzas del Concilio Vaticano II a la región.


 

Reconocimiento Local y Nacional de la Hermana Ana María en 2025

  1. El Premio Encuentros, USCCB, 13 de noviembre de 2024: “Este premio es el máximo reconocimiento otorgado por el Subcomité de Asuntos Hispanos por una contribución sostenida y significativa al desarrollo y acompañamiento del Ministerio Hispano/Latino a nivel nacional a lo largo de los años.”
  2. Doctorado Honoris Causa, Misericordia University, Dallas, PA, 10 de mayo de 2025: Otorgado “a Ana María Pineda, RSM, STD, distinguida teóloga, educadora y pionera en el ministerio y la teología Hispana en los Estados Unidos. Durante décadas, la Hermana Ana María ha trabajado para realzar las voces Hispanas y Latinas en la Iglesia Católica y para moldear prácticas pastorales arraigadas en la cultura, la justicia y la fe.”
  3. CRISPAZ (Cristianos por la Paz en El Salvador) [15 de octubre de 2025] honró a la Hermana Ana María Pineda, RSM, con su Premio de la Paz Peter Hinde CRISPAZ, por su dedicación de toda una vida al ministerio con la comunidad Latina y por sus continuos esfuerzos por preservar la memoria y el legado de los Mártires de El Salvador. La labor de CRISPAZ tiende puentes de solidaridad entre las comunidades del norte global y El Salvador, y continúa inspirando iniciativas en favor de la justicia, la paz y la reconciliación.

La Hermana. Ana María Pineda es Hermana de la Misericordia y Profesora Asociada de Teología en la Universidad de Santa Clara. Es una figura ampliamente publicada y reconocida a nivel nacional e internacional, cuya labor continúa impactando el ministerio Latino en los Estados Unidos. A nivel internacional, prosigue sus esfuerzos por preservar la memoria de los mártires de El Salvador.

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